Algunos escritores aspiran a algo más que ofrecer en sus obras un simple entretenimiento. En el caso de Perder la vida que se sueña (Espuela de Plata, 2025), de Ramón de la Vega, el lector se adentra en sus páginas como quien se aventura en una tormenta de la que no se sabe bien cómo va a poder salir.
En esta breve pero intensa obra, nos vemos arrastrados por un protagonista excéntrico. De entrada, nos produce cierto rechazo por su egoísmo y arrogancia, pero del cual al mismo tiempo descubrimos que también posee una personalidad magnética, compleja y fascinante. La voz narradora es la de su hermano menor, quien nos explica cómo Alberto ha crecido en el seno de una familia acomodada y bastante desestructurada. Rodeado de mujeres que lo admiran y de un mundo que parece concederle cada capricho, este joven vive como si cada día fuera una obra de arte en la que él mismo es autor, modelo y espectador.
Pero debajo de esa capa de esplendor aparece pronto una grieta: una duda, una incomodidad existencial que va creciendo con el paso de los capítulos. La novela se transforma sutilmente a medida que avanza. Lo que al inicio parece un retrato de la frivolidad se transforma en la crónica de una autodestrucción, pero también en una reflexión sobre temas como la entrega, la soledad o la posibilidad de redención.
Alberto, tan humano y a la vez tan distante, posee un arco emocional complejo: es alguien que parece tenerlo todo al alcance de su mano, un ser «tocado» por la diosa Fortuna. Sin embargo, tal vez lo perderá todo por perseguir obstinadamente algo que no se puede conseguir.
Así, el lector pasa a ser testigo de un prodigioso proceso de transformación. Desde una vida hedonista y desenfrenada hasta un acto silencioso de introspección, materializado con una expedición al hielo —literal y simbólico— donde finalmente lo esencial será revelado.
«Vivo estos días como una forma de sacrificio y sigo sin encontrar ninguna justificación que me convenza, así que tengo que pensar que se trata del sacrificio por el sacrificio o bien, que no sabría qué otra cosa hacer si no hiciera esto, y me sería difícil convivir conmigo mismo, al menos en esta época de mi vida».
El diario final del protagonista en su viaje por el Ártico es uno de los momentos más conmovedores de la novela. Aquí el lenguaje se vuelve más sobrio, más íntimo. Hay frío, soledad y una peculiar forma de amor que nace del sacrificio, del silencio y de la renuncia.
Perder la vida que se sueña no es solo nos propone una historia para leer, sino también una pregunta que responder: ¿qué precio estaríamos dispuestos a pagar por no traicionar nuestros sueños? Lectura muy recomendable.

Hola, Daniel. Qué reseña más intrigante. Me gusta el título y lo que cuentas de la novela, me la apunto. Saludos 🙂
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Es una novela corta y sencilla, pero intensa y muy bien escrita. Si tienes oportunidad de leerla, ya me contarás.
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