Esperando a los bárbaros (1980), de J. M. Coetzee, es una fábula angustiante ambientada en un puesto fronterizo imaginario de una región remota, en los límites de un imperio también indefinido. Está narrada en primera persona por el propio magistrado que gobierna este bastión olvidado.
La frontera debe proteger al imperio de los «bárbaros». Sin embargo, estos no parecen representar ninguna amenaza. Los extranjeros viven su vida más allá del desierto y solo se acercan a las murallas para comerciar. Una coexistencia aparentemente pacífica entre gentes que viven en dos mundos muy diferentes.
Pero todo cambia con la llegada del Coronel Joll, enviado desde la capital del Imperio para contener una supuesta amenaza exterior. Este inicia una campaña de incursiones en tierras bárbaras. Los prisioneros capturados son trasladados al puesto fronterizo, donde son objeto de brutales interrogatorios y ejecuciones selectivas. Aunque todo esto indigna al magistrado, testigo impotente de los abusos, no llega a reunir valor suficiente para oponerse a Joll. Así que trata de expiar su culpa cuidando a una mujer bárbara que ha sobrevivido a terribles torturas, las cuales la han dejado ciega y coja de por vida.
Este gesto de piedad y otros que sucederán en torno a la joven se convertirán en motivo de sospecha por parte de los policías y militares. Finalmente, el magistrado será considerado un traidor y deberá afrontar terribles consecuencias.

El tema de la novela es una reflexión sobre el poder, la culpa y el dilema que supone tener que elegir entre actuar decentemente, aunque ello suponga asumir riesgos, o bien mirar hacia otro lado y mantenerse a salvo.
El protagonista, el viejo y cobarde magistrado, no es un héroe. Sin embargo, este burócrata complaciente tiene su momento de rebelión y dignidad, que se producirá demasiado tarde y que pagará caro. Coetzee, que construye una atmósfera opresiva y sin tiempo definido, consigue que el lector pueda entender la actitud del protagonista, tanto en sus acciones más cobardes como en su audaz reacción. ¿Acaso no somos todos un poco de las dos cosas, cobardes y valientes, en diferentes momentos de nuestra vida?
Conexión con El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati
La similitud entre Esperando a los bárbaros y El desierto de los tártaros —novela publicada en 1940 y que también ha sido reseñada en este blog— es más que casual. Ambas obras están inspiradas en el poema “Waiting for the Barbarians” de Kavafis y comparten la misma tensión existencial en el mismo escenario: la frontera.
Ambas novelas presentan la frontera como espacio simbólico —entre la rutina y la catástrofe, la vida resignada y el acto moral—, pero con tonos distintos.
En la novela de Buzzati, el teniente Giovanni Drogo espera toda su vida el ataque de un enemigo que jamás llega. Ese tiempo vacío se vuelve prisión y tragedia. Coetzee, en cambio, presenta una violencia activa y moral que destruye desde dentro: no es la espera de un ataque lo que consume al protagonista, sino la brutal burocracia imperial capaz de inventarse un enemigo para justificar su poder.
Esperando a los bárbaros es una parábola sobre el poder y la responsabilidad moral tan bien escrita que llega a incomodar al lector. Una apelación a nuestro papel ante la injusticia y la violencia institucional. El magistrado representa a todos aquellos que nos acomodamos ante las injusticias (lo mejor para evitar problemas), pero que en algún momento tenemos que decir «basta».
Hay que mencionar también que, en Esperando a los bárbaros, el sudafricano Coetzee utilizó esta metáfora para denunciar el clima de miedo artificial y violencia estatal con el que el gobierno de su país manipuló a la población en tiempos del apartheid. El Imperio necesita crear un enemigo (los bárbaros) para justificar su presencia militar y el control, al tiempo que los colonos o habitantes de la frontera viven en una mezcla de temor y dependencia hacia ese mismo poder central. El resultado es que el “otro” es deshumanizado y reducido a un símbolo de amenaza, incluso cuando ni siquiera llegue a representar un peligro real.

Hola, Daniel. Me leí una novela de Coetzee en su momento. No recuerdo el título, pero sí que se me quitaron las ganas de repetir con él. No había esperanza, solo devastación. El planteamiento de esta novela es interesante, quizás me anime con ella. Excelente reseña. Saludos 🙂
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Tal vez sea la misma que leí yo: «Desgracia». Una lectura magnífica, pero también de esas que te deja anímicamente tocado.
¡Un saludo!
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Sí, era «Desgracia». No se puede decir que el titulo engañara 😆
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Me ha parecido muy acertada la comparación entre esta novela y la de Buzzati. Sin duda, tieen aspectos en común y ambas son magníficas. Tienes buen gusto literario y un blog muy interesante.
Saludos desde Colombia.
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¡Me alegra mucho que te interese mi blog! Lo hago con mucho cariño. Espero que nos sigamos encontrando por aquí.
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