Cuando tuvo lugar el genocidio de Ruanda, en 1994, yo era todavía muy joven. Veía las noticias en la tele, en los periódicos, y, de forma inconsciente, mi mente optaba por ignorar aquella salvajada que tan lejos quedaba de mi casa, de mi mundo. Era, en todo caso, una realidad dura de digerir.
Años después, decidí buscar información sobre aquella barbaridad a través de documentales, lecturas, etc. De esta manera cayó en mis manos un libro llamado Una temporada de machetes (2003), de Jean Hatzfeld. Aquello era poco más que un catálogo de horrores que tampoco me ayudó a comprender mucho sobre las causas de la tragedia ni las razones por las que resultó inevitable. El autor parecía más interesado en revelar los detalles de la carnicería, ahondar en las vidas truncadas de los supervivientes y ofrecer las confesiones de los verdugos. Para mi gusto, demasiado morboso.
Curiosamente, donde he encontrado lo que buscaba ha sido en las páginas de una novela: El jacarandá (2024), de Gaël Faye. Una narración sencilla e intensa que revela las claves de aquella monstruosidad a través de la mirada de su protagonista.

Milan es un joven mestizo, hijo de un francés y una ruandesa. Ha sido criado lejos de la patria de su madre, quien jamás ha hablado de su pasado: el genocidio es un tabú en la casa de Versalles, donde la familia vive cómodamente.
La historia relata fragmentos de la adolescencia de Milan y de sus viajes a Ruanda: sus reencuentros con su familia (cuya existencia había sido ocultada por su madre) y, sobre todo, con Claude. El jacarandá, ese árbol malva que florece tras la tormenta, se convierte en símbolo de muchas cosas: de la belleza capaz de nacer en el lugar más inesperado, del paso de las generaciones, o de la posibilidad de que la esperanza crezca incluso en una tierra tan herida y castigada como aquella. Otro de los grandes personajes de la novela es Stella, la niña nacida después, que representa a la generación que “no vivió” el horror, pero que lo siente igualmente.
«La gente, plácida durante el día, se desmelenaba por la noche, bebiendo hasta la locura, hasta la indecencia, para olvidarse de sí mismos, para evadirse, para salir por unas horas de su cabeza, para mitigar la tristeza y acallar los recuerdos que perturbaban su conciencia. La conciencia de los verdugos, la conciencia de las víctimas. La conciencia de un pueblo, incurable.»
Hay algo realmente digno de destacar en esta novela: su delicado equilibrio entre lo íntimo y lo histórico. Faye no busca la lágrima fácil de lector. Aunque incluye escenas muy duras, en todo momento evita el sensacionalismo. La violencia, el miedo y el rencor flotan inevitablemente en el aire de la Ruanda post-genocidio, pero también hay espacio para la música, el humor y los planes de futuro.
Todo ello hace de El jacarandá es una lectura que duele y reconforta al mismo tiempo. Es cierto que contiene una dolorosa revisión de aquellas masacres, aunque hay un rayo de luz: la posibilidad (sería más correcto decir la necesidad) de la reconciliación.
Gaël Faye nació en 1982 en Bujumbura, Burundi, hijo de madre ruandesa y padre francés. Exactamente igual que su personaje, Milan. En 1994 tuvo que exiliarse con su familia debido a la guerra civil y al apocalipsis desatado en Ruanda. En esta, su segunda novela, nos ofrece una vision equilibrada de aquel terrible episodio histórico. Muy recomendable.

Hola, Daniel. Vi en su momento «Hotel Ruanda» y me impactó. Me gusta el enfoque de esta novela. Años después del horror, la vida sigue. Me lo apunto. Gran reseña. Saludos 🙂
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Hola Juan, gracias por tu comentario. ¡Vaya peli la de «Hotel Ruanda»! Realmente angustiosa. Igual me animo a verla de nuevo.
¡Un saludo!
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