Reconozcámoslo: ser ruso en estos días no ha de ser fácil (¿alguna vez lo fue?), especialmente si no comulgas con las ideas e intenciones de los que dirigen el país. No hablo ya de los opositores, sino de quienes simplemente intentan observar el devenir de su nación con una mirada crítica y objetiva. Como María Stepánova.
Esa sensación de desarraigo, desconsuelo y vergüenza en distintos grados que padecen muchos rusos en el exilio queda plasmada en Desaparecer (2024), una novela engañosamente simple, aunque cargada de simbolismo.
La protagonista, identificada como M., se encuentra en el exilio, viviendo en una ciudad llamada “B.”, lejos de su país natal, que ha declarado la guerra a un Estado vecino (no hace falta ser un lince para vislumbrar aquí la sombra del conflicto entre Rusia y Ucrania). La referencia autobiográfica es clara, ya que la propia autora abandonó su patria y vive actualmente en Berlín.
Invitada a una feria literaria en otro país, M. emprende un viaje accidentado donde todo parece haberse conjurado para que no pueda llegar a su destino. Tal vez de esta manera podrá romper el bloqueo creativo en el que se halla. En su ir y venir, se guarda bien de desvelar su identidad y sus orígenes. Se esconde ahí un deseo de dejar atrás su vida anterior, incluso su propia identidad. Y así llegar a desaparecer.
Constantemente se alude a la «Bestia», una figura abstracta que hace referencia al imperialismo ruso, si se quiere, personalizado en la figura de Vladimir Putin.
«Desde que tenía memoria de sí misma, no recordaba un período de su vida en el que no hubiera tenido a la bestia cerca».
Desde la primera página, Stepánova despliega una prosa poética, con frases que parecen confesiones. El viaje transcurre por paisajes grises y apagados, desprovistos de vida y de ilusión: inhóspitas estaciones de tren, hoteles desangelados, rostros indiferentes… Una especie de limbo que la autora retrata con tristeza, aunque en ocasiones también con algunas pinceladas de humor.
El desarrollo de la trama puede despistar un poco. Se avanza, al menos desde el punto de vista geográfico, pero hacia ninguna parte. La atmósfera reinante es la de la incertidumbre. Sin embargo, la inquietud que se transmite al lector es la puerta de entrada a la reflexión sobre la condición de exiliado y su inevitable crisis de identidad. El verdadero cogollo de la obra. Para ese inmenso vacío la autora no puede ofrecer una salida, aunque sí un cierto alivio en forma de huida.
Por último, en enorme agradecimiento a Acantilado y a Masa Crítica de Babelio por haber hecho llegar este libro a mis manos.



Hola, Daniel. Tiene que ser asfixiante el clima en Rusia para todo el que no sea un fanático de Putin y sus secuaces. No he leído a María Stepánova, este libro parece interesante, un testimonio de primera mano sobre su experiencia como exiliada. Me lo apunto. Saludos 🙂
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Sí. Hay que distinguir entre «los rusos» y «los rusos pro-Putin». Siempre caemos en el error de generalizar. Yo el primero.
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Hola: Acabo de leer este resumen y me vino a la mente la obra de Svetlana Alexiévich, escritora bielorrusa disidente, premio Nobel, también viviendo en Berlín, quién se ha ocupado de la guerra con Ucrania y ha luchado contra el autoritarismo de Alexandr Lukashenko.
Hay una extensa nota en El País en noviembre de 2025.
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Hola Jose. Buscaré esa nota que mencionas, gracias.
Un saludo.
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La nota fue publicada el 8 de noviembre de 2025.
https://elpais.com/babelia/2025-11-08/svetlana-alexievich-el-homo-sovieticus-no-ha-muerto-sino-que-esta-en-el-kremlin-y-combate-y-dispara-en-ucrania.html
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