Fiarse de las reseñas y recomendaciones que aparecen en foros o blogs como el mío es un arma de doble filo. Puede salir mal, pero cuando sale bien disfrutamos del placer de descubrir novelas interesantes que, a veces, pueden incluso asombrarnos.
Bien, este ha sido mi caso con Calabobos (2025), de Luis Mario. Un libro que se lee en una o dos tardes y que me ha sorprendido con una propuesta muy original. Salvando las distancias, con esta novela me pasó un poco como cuando en su día leí Flores para Algernon. Al principio, las faltas ortográficas (deliberadas) y el discurso «mal hablado» del narrador, incapaz de conjugar el subjuntivo, producen cierto rechazo. Pero cuando entiendes la intención del autor, todo eso se convierte en un aliciente extra.
De esta manera, poco a poco, Luis Mario logra sumergirnos en una atmósfera muy particular. Este es uno de esos libros que no se imponen al lector, sino que lo van envolviendo poco a poco, como esa lluvia fina y persistente que da título a la obra y que acaba empapándolo todo.
Mariuca
El protagonista, cuya identidad permanece sin nombre, es la voz narradora. La historia gira en torno a la búsqueda de su hermana Mariuca, una persona con discapacidad intelectual que de repente desaparece. Él la busca por los caminos, pregunta a los vecinos y, finalmente, se dirige a las rocas en las que ella suele ir a «visitar a los mejillones». Un mal lugar al que acudir precisamente ese día, de galerna y fuerte oleaje.
Mariuca es un personaje muy especial que produce ternura y repulsión al mismo tiempo. Un ser mágico e incomprendido, maltratado y despreciado por todos, pero capaz de comunicarse y entender la naturaleza como nadie.
Sin embargo, el recorrido narrativo es más largo. De esta manera el narrador evoca episodios de su infancia y juventud, descubriéndonos la dureza de la vida en una tierra bella pero hostil, donde la ignorancia y la violencia han encontrado un lugar perfecto para echar sus raíces.
Como indicaba al principio, uno de los puntos fuertes de Calabobos es su lenguaje. Luis Mario escribe con una prosa contenida, sin excesos ni voluntad de lucimiento. Más bien al contrario, utiliza como vehículo el dialecto cántabro para reforzar la belleza y brutalidad de esta tierra y de los personajes que la habitan.
El paisaje de fondo es la cara más salvaje de Cantabria, ya sea costa o montaña. No es un simple decorado, sino un elemento activo que condiciona el ánimo, las relaciones y la manera de pensar de los personajes. El entorno rural, húmedo, gris, casi inmóvil, parece ejercer una presión continua sobre ellos, participando de forma activa en la trama.
Sin ser una lectura recomendada para todo el mundo (en algunos pasajes es bastante cruda), yo diría que vale la pena acercarse a esta obra tan atmosférica y personal. Una propuesta muy original, de esas que dejan poso.
