lengua viva, polina panassenko

LENGUA VIVA, Polina Panassenko

Ha sido pura casualidad, pero en poco tiempo he acabado leyendo dos libros que tratan sobre personas rusas (mujeres en ambos casos) forzadas a vivir lejos de su país, ya sea por razones económicas o políticas.

En octubre leí Desparecer, de Maria Stepánova, un relato íntimo, triste y poético que ahonda en el desarraigo y la soledad. También Lengua viva (2022), de Polina Panassenko, toca estos temas. Pero desde una perspectiva más irónica y, en mi opinión, no tan brillante.

Este libro no es una novela, ni un ensayo. Podríamos decir que se trata de un texto que se mueve en un territorio más frágil y personal. La autora rememora su infancia: su salida de Rusia tras el colapso soviético y la aventura incierta de empezar de cero, ella y su familia, en un lugar completamente distinto y desconocido: la ciudad francesa de Saint-Etiènne.

Panassenko se convierte en ciudadana francesa (de hecho, pasa a llamarse Pauline), pero nunca pierde el contacto con su tierra natal. Parte de su familia sigue en Moscú, ciudad que sigue visitando. Con los años, esa doble condición de rusa-farncesa le genera una crisis de identidad. La experiencia de vivir dos realidades a la vez se refleja en las dos lenguas que usa: el ruso es el idioma de su niñez, de la familia, de su intimidad; el francés es la lengua de la escuela, de la integración y de la vida pública. Lo que para muchas personas es una circunstancia enriquecedora, en su caso se convierte en un motivo de tensión constante.

He de suponer que solo quienes hablen ruso o conozcan bien el idioma podrán captar todos los mensajes y las emociones que encierra este libro. Las palabras aparecen representadas aquí como contenedores de sensaciones e ideas. Sobre todo cuando se comparan con las del «otro» idioma, las cuales también poseen sus propias peculiaridades. De nuevo, esto se presenta como un conflicto en la mente de la narradora, porque…

«Las palabras nunca son neutrales, siempre arrastran una historia, una violencia o una memoria que no controlamos del todo.»

Todo esto es muy interesante, pero en mi opinión la autora no acierta del todo en su manera de transmitirlo. He tenido la impresión de que algunas ideas se reiteran de forma innecesaria, que el libro gira sobre sí mismo sin avanzar demasiado. Lengua viva no sigue una estructura clara ni propone un desarrollo progresivo, es más una acumulación de reflexiones sin orden ni concierto.

A pesar de eso, Lengua viva es una lectura curiosa que nos muestra una visión más profunda de la relación íntima que todos guardamos con nuestra lengua materna. Y también con las otras lenguas que manejamos, mejor o peor.

Un apunte final que tal vez pueda ser esclarecedor: Polina Panassenko escribió esta novela en francés, cuyo título original es Tenir sa langue. Esto, traducido someramente al español, significa «morderse la lengua».

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