Después de algunos meses en la lista de espera, finalmente leí Cadáver exquisito (2017), de Agustina Bazterrica. Animado, sobre todo, por las reseñas positivas de gente que sabe de esto, como Juan Gómez-Pintado, sabía que iba a acertar. Pero no podía imaginarme ni de lejos cómo era el viaje en el que me estaba embarcando.
Esta es una novela fascinante y brutal. Difícil de digerir, aunque no por su complejidad estilística, sino por la crudeza implacable de lo que cuenta.
La premisa de esta «distopía caníbal» es sencillamente demoledora: un virus ha vuelto mortal el consumo de carne animal, por lo que la humanidad ha legalizado la cría, procesamiento y consumo de carne humana. Bazterrica nos lo cuenta de un modo tan sencillo y verosímil que asusta. No hay grandes explicaciones científicas ni épicas de supervivencia; hay burocracia, mercado, lenguaje e hipocresía social. Precisamente eso es lo que hace de esta novela una experiencia tan perturbadora.
Aquí ya no se habla de “personas”, sino de “cabezas”, “producto” o “material”. El lenguaje funciona como herramienta de anestesia moral, un detalle tan inquietante como brillante. La novela no necesita describir continuamente escenas explícitas para impactar: basta con mostrar cómo la sociedad ha reorganizado sus valores para aceptar lo inaceptable.

El protagonista, Marcos Tejo, trabaja en un frigorífico especializado en “carne especial”. A través de su rutina laboral y personal vamos descubriendo las grietas de este sistema. No es un héroe ni un rebelde, sólo un hombre destruido por la trágica muerte de su hijo que intenta sobrevivir emocionalmente en un mundo que ha renunciado a la empatía.
«Enseñar a matar es peor que matar. Quisiera anestesiarse y vivir sin sentir nada.»
Uno de los grandes logros del libro es su tono clínico, casi desapasionado. La autora escribe con una prosa limpia, precisa, sin adornos innecesarios. No busca el efectismo ni la morbosidad gratuita. Sin embargo, el horror está presente. Un horror desnudo, cotidiano, administrativo.
No es una lectura agradable en el sentido convencional. Hay momentos que obligan a detenerse, a respirar, incluso a apartar el libro unos minutos. Sin embargo, esa incomodidad está plenamente justificada por la coherencia del planteamiento y por la potencia de lo que se quiere transmitir. Es duro, sí, pero nunca gratuito ni mal escrito. Al contrario: está extraordinariamente bien construido.
El tramo final es especialmente intenso. Cierra el círculo con una frialdad que deja al lector con un nudo en el estómago y muchas preguntas en el aire. Es de esos finales que se quedan contigo días después.
En definitiva, Cadáver exquisito es una novela impactante, perturbadora y muy recomendable para quienes buscan lecturas incómodas y memorables. Cuidado: no es una novela para estómagos delicados, aunque ahí precisamente ahí reside su fuerza. Un libro fascinante, durísimo y absolutamente recomendable.
