fanáticos de Borges

FANÁTICOS DE BORGES, Jorge Bonells

Antes de nada, mi agradecimiento a Masa Crítica de Babelio y a Ediciones del Subsuelo por el envío de este libro, que ha resultado ser una lectura especialmente disfrutable. Y lo ha sido, entre otras cosas, porque Fanáticos de Borges (2026) parte de una premisa difícil de resistir para cualquier lector que sienta fascinación por el autor de Ficciones: convertir el universo borgiano en materia narrativa, paródica y literaria sin caer ni en la reverencia vacía ni en la imitación servil.

No era fácil. Jorge Bonells lo consigue con inteligencia, humor y una muy saludable mala leche. La historia de un club que nace en París en los años 70 y que no llega a reunir a más de tres miembros: el propio Bonells y dos revolucionarios e idealistas más.

Fanáticos de Borges es, ante todo, un texto irónico y agudo, escrito con evidente complicidad hacia el lector que conoce —y quizá también idolatra un poco— a Borges. Pero lo mejor es que esa complicidad nunca se traduce en pesadez erudita. Al contrario: Bonells se mueve con soltura en un terreno donde podrían haberse acumulado guiños privados, referencias excesivamente crípticas o juegos metaliterarios solo aptos para iniciados. Aquí, en cambio, todo fluye con naturalidad. El libro es muy inteligente, sí, pero también muy divertido.

«Y Borges ¿quién es?, le pregunté para hacerme el listillo. Borges nos es QUIÉN, me contestó, Borges es QUÉ».

Este relato difícilmente clasificable (¿crónica?, ¿autobiografía?, ¿ficción?) se adentra en el territorio siempre fértil de los devotos literarios, de esos lectores que convierten a un autor en sistema de pensamiento, secta íntima o clave para interpretar el mundo. Y ahí Bonells afina de maravilla. Porque no se limita a burlarse del fanatismo cultural, sino que lo observa con una mezcla muy eficaz de distancia, ternura y sarcasmo.

El resultado es un retrato tan cómico como reconocible de ciertos modos de leer, de admirar y también de exagerar. Cualquiera que haya conocido a lectores obsesivos —o haya sido uno de ellos— encontrará aquí material más que suficiente para sonreír, quizá con cierta incomodidad.

Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente ese equilibrio entre homenaje y desmontaje. Borges aparece como figura tutelar, como fantasma literario, como presencia inevitable, pero también como catalizador de ridiculeces, malentendidos y excesos. Bonells entiende muy bien que el mejor homenaje a un escritor tan dado a los espejos, los dobles, las imposturas y los laberintos no consiste en copiarlo, sino en jugar con lo que su figura ha producido en los demás.

«La mayoría de sus colegas escritores, por no decir todos, vivían la mar de satisfechos, hasta su llegada al mundo de las letras, contando cuentos que, por más peregrinos que fueran, remitían de un modo u otro a la realidad, pero sin ser la realidad ni pretenderlo. Borges no. Con él, todo esto se acabó. Él le da la vuelta a la tortilla de la realidad. Y a la tortilla de la ficción.»

La ironía es constante, pero no fría o distante, sino viva, juguetona, muy bien medida. Se nota que Bonells disfruta escribiendo y que sabe sostener el humor sin convertirlo en mera ocurrencia. El libro tiene chispa, pero también fondo. Bajo su ligereza aparente hay una reflexión muy interesante sobre la relación entre literatura y culto, sobre el prestigio, la pose intelectual y esa extraña tendencia que tenemos los lectores a construir altares alrededor de ciertos nombres.

Como lector y fan de Borges, he disfrutado especialmente esa dimensión del libro. No solo por las referencias o por el placer de reconocer ecos, sino porque Fanáticos de Borges plantea algo muy atractivo: qué ocurre cuando una obra inmensa deja de ser únicamente literatura para convertirse en territorio de devoción. Bonells se mete ahí con bisturí y con sonrisa. Y sale muy bien parado.

En definitiva, Fanáticos de Borges es una lectura muy recomendable. Un libro que se lee con placer, con complicidad y con esa rara sensación de estar ante una sátira literaria que, además de hacer reír, tiene realmente algo que decir.

Deja un comentario