los falsificadores

LOS FALSIFICADORES, Bradford Morrow

El mundo de los bibliófilos, las primeras ediciones, las firmas apócrifas y el fetichismo por el objeto libro ofrece un terreno literario fascinante, lleno de posibilidades narrativas. De hecho, el arranque de Los falsificadores (2014), de Bradford Morrow, cumple con creces: hay misterio, hay atmósfera y hay una promesa de intriga intelectual que engancha.

En las primeras páginas nos encontramos con un crimen horrible, con una víctima a la que han amputado las manos. ¿Una venganza? ¿Un mensaje encriptado? ¿El ataque irracional de un loco? Por desgracia, el cadáver no puede decírnoslo. Y esa incógnita acompaña durante toda la novela a Meghan, hermana del muerto, y a su cuñado Will, que es el narrador en primera persona de toda esta historia.

De esta manera nos sumergimos en el fascinante submundo del coleccionismo de libros y las falsificaciones (negocio ilegal, pero lucrativo). Un universo obsesivo y algo hermético, donde el valor de un libro no reside solo en su contenido, sino en su historia material.

“Un libro puede ser muchas cosas —un objeto, un texto, una reliquia—, pero también puede ser una mentira perfectamente construida”.

Pero ese inicio fulgurante se diluye poco a poco como un azucarillo. El ritmo se vuelve irregular, incluso lento, y lo que podría haber sido una trama absorbente termina perdiéndose en digresiones y episodios que apenas hacen avanzar la historia. Hay capítulos enteros que parecen más interesados en recrear el ambiente del coleccionismo literario que en desarrollar la intriga central. Exasperante. En ese sentido, uno tiene la sensación de que el libro se recrea demasiado en sí mismo.

El problema no es tanto el ritmo lento, sino la falta de dirección. Entre el comienzo intrigante y el desenlace, hay muchas páginas que no conducen a ningún sitio claro.

Bradford Morrow

A esto se suma un tono narrativo que, en ocasiones, puede resultar algo pedante. El protagonista y narrador se mueve en un registro intelectual snob pretendidamente sofisticado que, aunque podría ser coherente con el mundo que describe, termina generando cierta distancia con el lector. Bueno, al menos ese ha sido mi caso. No me ha quedado claro si la pedantería es un rasgo del personaje o del propio autor.

No obstante, sería injusto no reconocer los méritos de la novela. El tema es, sin duda, muy atractivo, y hay momentos en los que Morrow consigue capturar la fascinación casi enfermiza por los libros raros y las ediciones únicas. Además, el desenlace recupera parte de la tensión inicial (¡luz al final del túnel!) y ofrece un cierre que, sin ser completamente redondo, sí resulta coherente con el planteamiento.

En definitiva, Los falsificadores es una novela interesante por lo que propone, pero irregular en su ejecución. Tiene un inicio potente y un final digno, pero entre ambos se extiende un tramo excesivamente dilatado que puede poner a prueba la paciencia del lector. Una lectura recomendable para amantes de la bibliofilia, aunque no necesariamente para quienes busquen una trama ágil o una narración directa.

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