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LA EXPEDICIÓN DE LA KON-TIKI, Thor Heyerdahl

Leí La expedición de la Kon-Tiki siendo bastante joven, en esa etapa de la vida en la que los libros de aventuras te dejan un impacto especial. Años después, tras ver la adaptación cinematográfica (notablemente fiel al espíritu del libro, por cierto), he vuelto a valorar la obra desde una perspectiva más crítica, pero sin perder esa fascinación inicial. Porque Kon-Tiki es, ante todo, una historia real que se lee como una novela de aventuras.

Publicado en 1948, el libro narra la expedición liderada por el explorador noruego Thor Heyerdahl, quien se propuso demostrar una teoría bastante controvertida: que los pueblos de la Polinesia podrían haber sido colonizados, al menos en parte, por navegantes procedentes de Sudamérica.

Para probarlo, Heyerdahl y su equipo construyeron una balsa rudimentaria basándose en diseños precolombinos y cruzaron el océano Pacífico desde Perú hasta las islas Tuamotu. ¡Más de 7.000 kilómetros!

El relato es directo, sin artificios literarios. Ahí reside precisamente parte de su fuerza. No hay dramatización excesiva. ¿Para qué? Lo que cuenta ya es suficientemente extraordinario. La tripulación de la Kon-Tiki se las vio con tormentas y tiburones, además de lidiar con una incertidumbre constante… Todo está narrado con una naturalidad que destila autenticidad.

Sin embargo, más allá de la aventura, lo que hace que Kon-Tiki sea un libro interesante incluso hoy son las ideas que lo motivan. Heyerdahl, etnógrafo de profesión, defendía que las similitudes culturales entre ciertas civilizaciones sudamericanas y polinesias no eran casuales. Su expedición no pretendía demostrar que esa fue la única vía de poblamiento, sino que era técnicamente posible. Y en ese sentido, tuvo éxito.

Thor Heyerdahl (1914-2002)

Pero aquí es donde entra la polémica. Con el avance de la arqueología, la lingüística y, más recientemente, la genética, la comunidad científica ha tendido a rechazar la teoría de Heyerdahl como explicación principal del poblamiento polinesio. Hoy se acepta mayoritariamente que los habitantes de la Polinesia proceden del sudeste asiático, aunque algunos estudios han dejado abierta la posibilidad de contactos puntuales con Sudamérica.

Esto no invalida la expedición, pero sí obliga a contextualizarla. Heyerdahl no era un científico convencional, sino un explorador con una hipótesis arriesgada que decidió poner a prueba de forma práctica. Y eso, en sí mismo, tiene un valor enorme. Kon-Tiki no es un tratado académico, sino el testimonio de una idea llevada hasta sus últimas consecuencias. Para el entendido en la materia, puede que tanto el libro como la propia expedición no sean más que sea un esfuerzo vano y un error. Para el lector profano (como es mi caso), en cambio, es un maravilloso relato de aventuras. Una gozada.

Por eso tengo que decir que, aún hoy, Kon-Tiki sigue siendo un libro muy recomendable. Como relato de aventuras, funciona perfectamente. Como documento histórico, eso sí, requiere cierta lectura crítica. Por encima de todo hay que destacar el ejemplo de Heyerdahl de cómo la curiosidad humana puede ser llevada al límite. No importa tanto si tenía razón o no: lo admirable es que se atrevió a comprobarlo jugándose la vida cruzando el océano sobre una balsa de madera.

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