nido de víboras

UN NIDO DE VÍBORAS, Andrea Camilleri

Es el canto de un ruiseñor lo que despierta a Montalbano una mañana temprano. El trino del pájaro parece haberse fundido en su sueño, donde suena la melodía de Il celo en una stanza… No, en realidad lo que oye es el silbido de un vagabundo que se ha refugiado de la lluvia bajo el portal del comisario. Así empieza Un nido de víboras (2013), un inicio dulce para una de las novelas más feroces de la serie.

Esta vez, el caso central gira en torno al asesinato de un jubilado llamado Barletta. Un disparo en la nuca mientras tomaba café en la cocina de su lujosa villa. Pero todo se complica cuando la autopsia revela que el anciano ya había muerto envenenado, antes de recibir el disparo.

Durante la investigación, se va dibujando un retrato inesperado del fallecido: Barletta no no era precisamente un ciudadano ejemplar: metido en negocios inmobiliarios turbios, prestamista usurero sin escrúpulos y aficionado al sexo con chicas jóvenes, a las que sometía mediante engaños y chantajes.

Sin embargo, no hay ni una sola pista que conduzca hacia ningún resultado. Montalbano se siente frustrado y completamente perdido. ¿Ha entrado el caso en una vía muerta? Casi habría sido mejor así, pues lo que acabará descubriendo en el seno de la familia de Barletta es un sórdido pozo de maldad. Un auténtico nido de víboras.

Fotograma de la adaptación de la novela. Montalbano (Luca Zingaretti) junto a Giovanna Barletta (Valentina Lodovini)

Un tema espinoso

Esta vez Andrea Camilleri nos presenta una trama creíble, pero que aborda un tema espinoso: el incesto. Tanto es así que el propio Camilleri advierte al lector en una nota final que esta novela fue terminada cinco años antes, pero se había quedado «en la nevera», pendiente de publicar, por temor a la reacción adversa de sus lectores.

«¿Se puede llamar a esto amor?», se pregunta Montalbano, azorado. Si lo es, sin duda es una forma de amor que se sitúa fuera de los límites de las convenciones sociales y morales, las leyes humanas y las que han regido las relaciones civiles desde el principio de los tiempos.

Aun así, Camilleri se abstiene de juzgar. Los pensamientos del protagonista (el cual muchas veces cumple la función de ser la voz del autor) destilan cierto sentimiento de rechazo y repugnancia, pero de forma muy superficial. Con todas sus rarezas y debilidades, nuestro comisario es, al fin y al cabo, un profesional.

Eso sí, en Un nido de víboras Montalbano demuestra una vez más su vulnerabilidad ante las mujeres hermosas y enérgicas. Un defecto que se acrecienta con la edad (en esta novela ya está cerca de cumplir 60 años). Lo cierto es que, desde la más profunda admiración que siento por el escritor siciliano, parece que en las últimas novelas de la serie el autor volcó estas obsesiones propias sobre su alter ego de forma una tanto excesiva. Con todo, una muy buena novela.

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