EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS, Joseph Conrad

El-corazon-de-las-tinieblasNo se me caen los anillos por reconocerlo: yo llegué hasta El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad, después de leer Vagabundo en África (1998), de Javier Reverte. Hasta entonces, yo tenía este título catalogado como uno de esos clásicos que algún día tendría que leer, pero no tenía prisa pues no tenía ningún interés especial.

Pero Reverte, con sus continuas y emocionadas alusiones a Conrad en su viaje por el río Congo logró trasmitirme su pasión. Finalmente la curiosidad pudo conmigo, así que me lancé de cabeza a por esta novela. Y más tarde fui a por Ébano (1998), de Kapuscinski. Sí, aquel fue ciertamente un verano muy africano.

Un marinero, Charles Marlow, relata en primera persona su aventura remontando el Congo, tierra incógnita, extraña y peligrosa, en busca de un curioso personaje llamado Kurtz, que dirige una lejana estación comercial dentro del lucrativo circuito comercial del marfil. Nos encontramos a finales del siglo XIX, en el momento más intenso de la época colonial, cuando las potencias europeas rivalizaban en el expolio de las riquezas del continente negro.

Pero cuidado: esta novela corta puede engañar: al principio se nos presenta como una narración de aventuras, la crónica de un viaje a las entrañas de la desconocida y misteriosa África. Pero poco a poco el lector descubre que se trata de un doble viaje: uno geográfico y otro espiritual.

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Porque todo cuanto Marlow ve durante su viaje africano acaba dejando una huella profunda e imborrable: la naturaleza salvaje e inabarcable, frente a la cual el ser humano es poca cosa, la brutalidad de los colonizadores hacia los nativos, el salvajismo y las supersticiones de éstos, el calor, la enfermedad, el peligro, la locura… Todo eso le provoca rechazo, pero también le fascina. Exactamente eso es lo que experimentan. aún hoy, muchos viajeros que recorren los caminos de África.

Marlow sufre una metamorfosis clara: llega como europeo civilizado y se transforma en un ser brutal, contagiado por la abyección de los otros blancos, la ferocidad de los indígenas, la dureza de un entorno inhóspito… La maldición de un río que es una gran serpiente que nace en la selva.

“Pero su alma estaba desquiciada. A solas en esa selva, había mirado dentro de sí mismo, y ¡por todos los cielos!, había enloquecido. Yo tuve, debido a mis pecados, supongo, que pasar también por el calvario de mirar dentro de mí mismo”.

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Joseph Conrad (1857-1924)

“El horror, el horror…”

Las tinieblas, esa oscuridad a las que se refiere el título (Heart of Darkness) es en realidad todo eso. Conrad, a través de los pensamientos de Marlow, nos transmite su propia versión del infierno a la vez que realiza una crítica feroz al sistema colonialista de su tiempo, encarnado en el personaje de Kurtz, al que el protagonista admira y detesta al mismo tiempo.

Un ejemplo en esta frase, realmente revolucionaria en su época:

“La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros”.

También Conrad ha recibido en las últimas décadas su dosis de crítica, esta vez por parte de los implacables apóstoles de la corrección política. Muchos de ellos, desde su atalaya sagrada, han tachado a El corazón de las tinieblas de novela racista, igual que hicieron con el mismísimo Hergé cuando publicó hace casi 80 años su “Tintín en el Congo”. Supongo que esas críticas se fundamentan en fragmentos como este:

“Aullaban, saltaban, giraban, hacían muecas horribles; pero lo que en verdad estremecía al pensamiento era la idea de que poseían una humanidad, idéntica a la propia, la idea del remoto parentesco con su salvajismo”.

Tengo por costumbre incluir algunos fragmentos que me han gustado de los libros que reseño en este blog. En esta ocasión escogerlos ha resultado muy difícil, porque El corazón de las tinieblas está lleno de frases dignas de ser esculpidas en mármol. Sin embargo, hay una que no puedo dejar pasar: las últimas palabras de Kurtz antes de morir:

“El horror, el horror…”

En su tiempo esta novela “exótica” fue todo un éxito, a medio camino entre la literatura de viajes y la de aventuras. Hoy, aunque ha pasado más de un siglo, sigue resultando excitante e inspiradora, aunque el África que se describe en ella prácticamente ya no exista.

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