Aldous Huxley y la psicodelia

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Aldous Huxley ha pasado a la historia como uno de los grandes escritores del siglo XX. ¿Quién no ha leído su obra maestra Un mundo feliz y no se ha estremecido con todo lo de profético que escondía aquella novela?

Sí, conocemos muchas facetas de Huxley: el intelectual humanista, el crítico con la sociedad, el declarado pacifista…  Sin embargo, algo no tan conocido es que fue un habitual consumidor de LSD y otras sustancias estupefacientes. Algo que hoy todos asociamos a los años 60 y el nacimiento del fenómeno hippy. Como en otras tantas cosas, también en este particular el escritor fue un adelantado a su época.

Las puertas de la percepción

Podemos empezar a atar cabos cuando descubrimos que su ensayo del año 1954 Las puertas de la percepción (The doors of Perception, en su título original) sirvió de inspiración a Jim Morrison para encontrar un nombre para su banda The Doors. El título, a su vez, se basa en una famosa cita de William Blake:

“Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”.

978607312341.GIFEn este libro Huxley afirma que el cerebro humano es una especie de filtro que actúa como barrera para la percepción del mundo exterior, el mundo real. Y el consumo de alucinógenos sería el único método para eliminar dicho filtro.

Practicando con el ejemplo, por esa época el escritor británico, que ya llevaba residiendo en Estados Unidos casi veinte años, empieza a tomar mescalina y a describir sus experiencias. Únicamente movido, decía, por el interés científico.

De la mescalina pasó al LSD y la psilocibina, entre otras sustancias. Su inmersión en la psicodelia estuvo en todo caso controlada, pues realizaba sus “viajes” siempre bajo la supervisión de un médico. Paralelamente, aumentó su interés por la espiritualidad y su fascinación por la India, sumergido en la lectura de antiguos textos hindúes y en la práctica la meditación.

Ni siquiera cuando fue diagnosticado de un tumor en la lengua (que al final acabaría llevándole a la tumba) dejó de tomar ácido lisérgico. En su lecho de muerte, cuando ya apenas podía hablar ni moverse, escribió en una nota a su esposa comunicándole un último deseo: que le inyectara una dosis de 100 microgramos de LSD.

Su “último viaje” coincidió con el día del asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. El magnicidio oscureció el deceso del autor de Un mundo feliz y su posterior entierro, en el que se leyó un fragmento del famoso libro tibetano de los muertos, tal como él había dispuesto en sus últimas voluntades.

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