FLORES DE VERANO, Tamiki Hara

flores de verano.jpgTal vez si yo hubiera sobrevivido a una bomba atómica también me habría animado a contar lo que vi y sentí. Aunque para eso, antes que talento literario hace falta mucho valor para enfrentarse a muchas otras cosas.

Tamiki Hara lo hizo. Él estaba en Hiroshima aquel fatídico 6 de agosto de 1945. Vio el infierno con sus propios ojos y nos lo contó en un sobrecogedor testimonio escrito: Flores de verano (1947).

Antes de leer este relato estremecedor ya tuve ocasión de horrorizarme con los testimonios de la tragedia recogidos en el libro Hiroshima (1946), de John Hersey. Sin embargo, por alguna razón lo que explica Hara es más vívido, más real. Y por tanto más terrorífico.

Flores de verano se compone de tres relatos. El primero de ellos, Preludio a la destrucción, es un retrato de su familia y su ciudad en los días previos al ataque. Fue publicado dos años después pero recogido junto a los otros textos en las ediciones posteriores. Japón está perdiendo la guerra pero los militares, lejos de rendirse, se radicalizan aún más. Mientras, entre los civiles el nerviosismo va en aumento. Nadie sabe qué va a pasar, pero el aroma de la derrota flota en el aire. Hay escasez, dudas y miedo.

“Alemania se había rendido sin condiciones y en Japón la gente hablaba de la inminente batalla en suelo nacional, para la que debían estar preparados”.

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Los aviones aliados pasan sobre sus cabezas, suenan las alarmas aéreas, pero los bombardeos siempre son en otra parte. Cada miembro de la familia afronta la situación a su manera: unos con humor, algunos con mezquindad, otros con fatalismo. Como el lector sabe que la tragedia se acerca de forma inexorable, la tensión de la narración va in crescendo hasta hacerse casi insoportable.

“La estremecedora descripción contenida en la carta de su amigo: hablaba de un cataclismo infernal, inimaginable, que sobrevendría de improviso”.

En la segunda parte, Flores de verano, la cual da título a la obra, Hara nos muestra una descripción descarnada del momento de la explosión (el azar quiso que él pudiera salvar la vida al encontrarse en el interior de un retrete) y todos los horrores que sus ojos contemplan. “Lo que vi parecía salido de la peor de las pesadillas”, afirma: la ciudad reducida a cenizas, el olor de la carne quemada, los gritos de dolor provenientes de los escombros, las horribles quemaduras en los cuerpos, los rostros deformados por la radiación… Todo este paisaje se vuelve todavía más siniestro cuando cae la noche y miles de moribundos lanzan sus últimos lamentos en la noche negra. Hay que ser de piedra para no sentir escalofríos leyendo pasajes como este:

“Nos topamos con un grupo de refugiados. Su aspecto era indescriptible (…) ¿Qué clase de gente era aquella? Tenían el rostro tan hinchado y deforme que resultaba imposible distinguir quién era un hombre y quién una mujer; sus ojos se reducían a una delgada línea inflamada; sus labios estaban cubiertos de llagas terribles. Sus cuerpos, prácticamente desnudos, quedaban a la vista mostrando espantosas  heridas y quemaduras”.

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Tamiki Hara (1905-1951)

La obra se completa con un breve texto llamado De las ruinas, que ofrece una perspectiva más serena, aunque igualmente triste, de la situación de los supervivientes, los Hibakusha, condenados a ser tratados como apestados por sus propios compatriotas.

“Fue un encuentro más allá de las lágrimas”.

Tamiki Hara vivió para contarlo, pero aquella experiencia dejó profundas heridas en su interior. No se sabe cuáles fueron los motivos reales de su suicidio, pero nadie puede ignorar que el trauma de Hiroshima debió estar detrás de ellos. En cualquier caso, el autor de Flores de verano se quitó la vida en 1951 arrojándose a las vías del tren en Tokio. Probablemente no tenía miedo de viajar al infierno, pues ya había estado en él.

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