monstruos en el archivo

MONSTRUOS EN EL ARCHIVO, Caroline Bicks

De joven leí bastantes libros de Stephen King, aunque apenas conozco lo que publicó en los últimos años. No es un gran problema, pues casi todo lo que escribe este señor acaba siendo llevado a la gran pantalla. Así que ahí están las películas (mejor o peor logradas), para ponerse al día.

Monstruos en el archivo (2026), de Caroline Bicks, es uno de esas obras que pertenecen a la particular categoría de «libros sobre libros». En este caso, sobre libros de Stephen King. Y más concretamente sobre cinco de sus primeras publicaciones, casi todas ellas best sellers que le lanzaron a la fama casi inmediatamente. A saber: El cementerio de animales, El umbral de la noche, El resplandor, El misterio de Salem’s Lot y Carrie. Una buena selección de lecturas para pasar un buen mal rato.

No se trata de una biografía, tampoco de un simple repaso de sus novelas, sino un acercamiento íntimo a la manera de entender la escritura del escritor de Maine y, sobre todo, a los mecanismos que utiliza para provocar determinadas sensaciones en el lector.

Reconozco que yo era de los que pensaban que el prolífico Stephen King era un autor eficaz, pero tal vez demasiado comercial. Un tipo que entendía su trabajo como un negocio, una máquina de hacer dinero, sin prestar demasiado atención a la calidad literaria. Después de ver los análisis de sus borradores, pruebas, descartes y otros aspectos que se detallan en Monstruos en el archivo, debo reconocer que me equivocaba. ¡King cuida las palabras, su ritmo, su sonido y la forma en que se suceden unas a otras! No se limita a preguntarse qué quiere contar, sino también cómo debe sonar aquello que está contando para producir un determinado efecto.

casa de Stephen King
La casa de Stephen King, en Maine

Y aquí aparece una pequeña tragedia para nosotros, los lectores hispanohablantes. Buena parte de ese trabajo resulta prácticamente invisible cuando leemos sus novelas traducidas. Una traducción puede transmitir perfectamente el significado de una frase y, sin embargo, perder matices relacionados con la musicalidad, la repetición de determinados sonidos, el ritmo o incluso la elección de una palabra frente a otra. En King, esos detalles pueden formar parte esencial de la experiencia.

El libro de Bicks también nos ayuda a entender que el terror que «fabrica» King no depende únicamente de monstruos, fantasmas o situaciones sobrenaturales. Muchas veces lo verdaderamente perturbador está en la manera en que construye una escena y consigue que algo aparentemente cotidiano empiece a resultar extraño. El miedo surge de la acumulación de pequeños detalles, de la anticipación y de la sensación de que algo no termina de encajar. No hay duda de que el autor conoce bien los mecanismos psicológicos que hacen que el lector complete aquello que el escritor apenas necesita insinuar.

Esta lectura resulta especialmente interesante porque nos permite observar al escritor detrás de sus historias. Hay algo casi paradójico en descubrir cuánto trabajo puede esconder una prosa que pretende parecer sencilla y espontánea. Esa naturalidad es, en buena medida, una ilusión cuidadosamente construida.

Por todo esto, para mí, Monstruos en el archivo ha supuesto una invitación a releer a King con otros ojos. Después de acercarse a sus ideas sobre la escritura, es difícil volver a pensar en sus novelas únicamente como historias de terror.

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