EL ORDEN DEL DÍA, Éric Vuillard

portada_el-orden-del-dia_eric-vuillard_201712271204Este no es un libro de historia. Tampoco es una novela. Sin embargo, ambos formatos están presentes y magistralmente combinados en El orden del día (2017), de Éric Vuillard. Bien mirado, hasta podríamos decir que también tiene algo de pieza teatral, una tragedia en todo caso, en la que se representa nada menos que el Anschluss, la anexión de Austria por parte del Tercer Reich, justo un año antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Esta obra fue galardonada con el Premio Goncourt 2017, que es algo así como el Oscar de la literatura francesa, al cual un autor sólo puede aspirar una vez en la vida.

Lo de Éric Vuillard tiene aún más mérito si tenemos en cuenta que no es un escritor al uso, sino un artista polifacético que compagina su pasión por la escritura con su trabajo como guionista y productor de cine. En todo caso, en L’Ordre du Jour demuestra que sabe escribir muy bien y que es capaz de contar una serie de sucesos históricos, complejos y farragosos, de una forma realmente amena y emotiva.

Una crónica del Anschluss

El tono de la novela es a veces poético, una narración delicada que recurre al humor y la ironía en algunos momentos y en otros pierde la compostura para ahondar en la indignación, el desgarro y el horror. Y lo mejor de todo es que todo cuanto se explica en El Orden del día son sucesos históricos perfectamente documentados y contrastados.

Aunque el asunto central es, como he dicho antes, la anexión de Austria, el autor inicia su relato en 1933, cuando los magnates de la industria alemana dan su bendición (y su dinero) a Hitler y el partido nazi, esperando obtener con ello pingües beneficios y hacer grandes negocios. Una mancha que todavía muchas marcas y familias de la Alemania actual no han podido borrar.

Kurt von Schuschnigg
Kurt Schuschnigg, canciller de Austria entre 1934 y 1938, obligado a dimitir de su cargo por la presión de Hitler. Dejó por escrito su versión de los hechos en el libro “Ein Requiem in Rot-Weiß-Rot”.

Los nazis son descritos como lo que realmente eran: una banda de criminales fanáticos y bastante vulgares (por eso eligen a Ribbentropp, un tipo manipulador pero de modales intachables, como jefe de su diplomacia), cuyas actitudes contrastan con las del refinado y culto Schuschnigg, el canciller austriaco y eventualmente personaje central de la novela. Es presentado como un hombre desbordado por las circunstancias que se muestra pusilánime a la hora de mostrar resistencia a los nazis, obsesionados con que todo el proceso se teatralice de tal modo que parezca un acto legal y justo, aunque de facto sea una invasión

“Es curioso cómo, hasta el final, los tiranos más convencidos respetan vagamente las formas, como si quisieran dar la impresión de que no se saltan por las buenas los trámites administrativos mientras transitan abiertamente por encima de todas las leyes (…) obligando a sus enemigos a cumplir, por última vez, los rituales del poder que ellos mismos están dinamitando”.

También con gran pompa y refinamiento aparecen dibujados los políticos británicos, con Chamberlain y Lord Halifax a la cabeza, duramente vapuleados por Vuillard, que los retrata como cobardes y cínicos, siempre dispuestos a ceder ante la Alemania nazi con tal de evitar males mayores. Ya se encargaría Churchill de afearles su conducta con aquella mítica frase:

“Tenían que elegir entre la deshonra y la guerra.  Eligieron la deshonra y también tuvieron la guerra”.

Así, ante el silencio cobarde (y cómplice) de Francia y el Reino Unido, los alemanes ejecutaron su plan y, en una maniobra descrita por Vuillard como un patético desfile lleno de errores y contratiempos, un “atasco de panzers” desprovisto de toda la gloria que se le supone a una marcha triunfal, los soldados del Tercer Reich marcharon sobre Viena.

Los austriacos (engañados, desorientados, ilusionados) salen a la calle para aclamar a su héroe, su pequeño compatriota, convertido en el Führer de Alemania. El mismo Führer al que Lord Halifax confunde al principio de la narración con un criado durante su visita al Berghof.

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Arthur Seyss-Inquart junto a Hitler en 1938.

A pesar de todo, el plan se ejecuta con éxito. El líder de la nueva Austria es Arthur Seyss-Inquardt, responsable de la franquicia nazi en el país. Yo desconocía un dato curioso sobre este individuo: al parecer, acomplejado por sus orígenes checos, había procedido a “germanizar” sus apellidos unos años antes. Qué curioso, conozco algunos de mi entorno que han hecho algo parecido para “integrarse” en una sociedad que, ocho décadas después, vuelve a considerar el nacionalismo como algo positivo y moderno. No aprendemos.

Tantos esfuerzos para nada. Seyss-Inquart, al igual que Ribbentropp y otros siniestros personajes que se mencionan en El orden del día, se sentarían años después en el banquillo de los acusados en Núremberg, para acabar finalmente en la horca.

Y es que toda la historia, por divertida y curiosa que se nos presente a ratos, conduce indefectiblemente hacia el drama. Un destino fatal no sólo para los judíos de Austria, a quienes el futuro inmediato sólo les depararía abusos y humillaciones, ni para los miles de austriacos que, perdida toda la esperanza o bien dotados de la suficiente clarividencia para interpretar las señales de lo que realmente sucedía, se suicidaron en masa durante los días previos y posteriores al Anschluss. Ese destino negro será el mismo también para todos los demás, incluidos los jóvenes que vitorearon al Führer por las avenidas de Viena.

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