MANAOS, Alberto Vázquez-Figueroa

Manaos (1975) es una de las mejores novelas de la extensísima producción literaria de Alberto Vázquez-Figueroa. Una obra cruda y fascinante, aventura en estado puro, además de una pequeña, pero inestimable lección de geografía e historia.

La historia se centra en la evasión de unos esclavos (sí, esclavos, por mucho que la acción transcurra a principios del siglo XX) que trabajan en las caucherías del Amazonas. La huida parece imposible, tanto más teniendo en cuenta lo heterogéneo del grupo: Howard ‘el Gringo’, Arquímedes ‘el nordestino’, el indio Ramiro y Claudia, la ex-amante repudiada y cruelmente humillada por el sanguinario magnate del caucho, el argentino Sierra.

Todo en esta novela, desde el primer capítulo hasta el último, es impactante y te mantiene pegado a la lectura. Algunas escenas son especialmente desagradables por su alto contenido de violencia, aunque sirven para apuntalar el retrato de una tierra salvaje donde impera la ley del más fuerte.

La odisea de Arquímedes y sus extraños compañeros de viaje está llena de peligros: tribus hostiles, caucheros sanguinarios, animales salvajes, hambre, enfermedades, obstáculos naturales infranqueables… El Amazonas es un infierno verde del que parece imposible salir con vida.

La fiebre del caucho

Leyendo Manaos pude aprender mucho sobre un episodio relativamente desconocido de la historia de América. Tan valioso como el oro, el caucho atrajo a muchos aventureros y buscadores de fortuna al corazón de la selva amazónica. Todos ellos pensaron en hacerse ricos trabajando como seringueiros, extrayendo la goma de los árboles caucheros de la jungla.

Pero el negocio quedó en manos de los llamados señores del caucho. Uno de ellos es el villano de esta novela: Sierra, el argentino. Estas organizaciones criminales acabarían pugnando por el control de las vías fluviales y los territorios caucheros, esclavizando a cuantos pueblos indígenas encontraron a su paso y obligando a trabajar para ellos a muchos de esos ingenuos aventureros en condiciones infrahumanas.

El epicentro de este despiadado y lucrativo negocio fue la ciudad de Manaos, nacida de la nada en mitad de la selva, que da título al libro y el objetivo final de los fugitivos.

Aunque solamente aparece al final, Manaos es presentado como un lugar maligno, una capital burda, sin elegancia y sin honra, que ha florecido a expensas del sufrimiento humano durante la fiebre del caucho. El nordestino detesta esta ciudad y augura su caída. De hecho, regresa a ella en el capítulo final (magnífico estrambote de la novela) más para comprobar su decadencia que en busca de recuerdos o cuentas que saldar.

¿Qué más decir? Chapeau para Vázquez-Figueroa y esta fascinante aventura.

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