El Ocho (1988) fue un ambicioso proyecto de la estadounidense Katherine Neville que en su día arrasó en ventas y que, en cierto modo, anticipó lo que más tarde sería el fenómeno de El código Da Vinci.
No es que ambos libros tengan mucho que ver (en mi opinión el de Dan Brown es claramente inferior en todo), pero sí guardan algunas semejanzas: ambos son ejemplos de lo que se ha venido a llamar «thriller histórico moderno», sea lo que sea que signifique eso. La obra de Neville combina aventura, conspiración, enigmas y personajes memorables. Todo ello expuesto en escenarios tan diversos como exóticos.
La novela se articula en dos líneas temporales. La primera comienza durante la Revolución Francesa, cuando las monjas de la abadía de Montglane reciben el encargo de proteger un legendario juego de ajedrez que, según la tradición, perteneció a Carlomagno y encierra un poder extraordinario. Las piezas son dispersadas por Europa para evitar que caigan en manos de quienes desean utilizarlas con fines políticos y militares.
La segunda trama transcurre en Nueva York durante la década de 1970. Catherine Velis, una experta informática destinada a Argelia por motivos laborales, se ve envuelta sin pretenderlo en una búsqueda internacional relacionada con aquellas mismas piezas desaparecidas. A partir de ese momento, la novela se convierte en una carrera contra el tiempo en la que intervienen millonarios, científicos, coleccionistas, agentes secretos y personajes históricos reales, todos ellos obsesionados con reunir el misterioso ajedrez.
Uno de los grandes aciertos de Katherine Neville es la enorme documentación que sostiene la historia. Personajes como Napoleón, Robespierre, Talleyrand o Catalina la Grande aparecen integrados con sorprendente naturalidad en la ficción. La autora juega constantemente con la idea de que muchos acontecimientos históricos obedecieron a una conspiración milenaria relacionada con el tablero de Montglane. El mismo recurso que usaría años después Dan Brown. La idea es que el lector se pregunte continuamente dónde termina la historia y dónde comienza la fantasía. Lo peligroso de esto es que hay lectores incapaces de distinguir una cosa de la otra.

Los amantes del ajedrez encontrarán además numerosos guiños al juego. Pero que nadie se asuste: no es necesario conocer sus reglas para disfrutar del libro. El ajedrez funciona aquí sobre todo como una metáfora del poder, de la estrategia y de los movimientos invisibles que condicionan la historia de la humanidad.
Bueno, hasta aquí todo han sido elogios para El Ocho: su original planteamiento (al menos cuando la novela salió a la luz), su extraordinaria capacidad para generar intriga, su lograda ambientación histórica… Pero también hay algunos reproches que hacerle. El más importante de todos es su excesiva complejidad. Hay demasiados personajes, constantes saltos temporales y abundantes referencias históricas pueden desorientar al lector. Es como si la autora quisiera desplegar su erudición sobre ciertos temas como simbolismo, música, alquimia o historia aun a costa de romper el ritmo de la acción.
Menos grave, aunque puede resultar molesto para cierto tipo de lector, es el abuso de giros argumentales inverosímiles. De acuerdo, es una obra de ficción, pero no todo vale. Cerca del desenlace, la acumulación de coincidencias y revelaciones puede «chirriar» un poco, aunque quienes acepten las reglas del juego probablemente disfrutarán de una conclusión satisfactoria.
Debo decir que, pese a esto, yo disfruté un montón leyendo El Ocho. Casi cuarenta años después de haber sido pubblucado, es una lectura tremendamente entretenida. El rompecabezas construido por Katherne Neville puede exigir paciencia en algunos momentos, pero recompensa al lector con una trama original, culta y llena de imaginación. Una propuesta para ver la historia como un inmenso tablero donde cada movimiento tiene consecuencias imprevisibles.
