CÁNTICOS DE LA LEJANA TIERRA, Arthur C. Clarke

51ciX6Ler8L._SX314_BO1,204,203,200_.jpgEsta grandísima novela no sólo especula con el salto de la especie humana hacia las estrellas, hecho que en un momento lejano del futuro de nuestra especie tendrá que suceder. En cánticos de la Tierra lejana (1986), Arthur C. Clarke va más allá y explora el alma de estos colonos errantes por el cosmos, que se debaten entre la añoranza de un mundo que ya no existe y la esperanza en un hogar futuro.

La Tierra ha desaparecido devorada por el Sol prematuramente. Exactamente en el año 3620. La Humanidad ha tenido el tiempo justo, casi un milenio, para escapar de la aniquilación enviando gigantescas naves a los sistemas estelares más cercanos y “sembrar” su semilla en otros mundos.

La última de estas naves se llama Magallanes. Sus tripulantes han viajado durante 600 años en estado de hibernación con un millón de individuos de su especie con destino al planeta Sagan Dos. Antes de cerrar los ojos han presenciado la muerte de la cuna de nuestra especie:

“Ningún instrumento podía mostrar las cenizas en órbita en las que se había convertido lo que antes fuera el planeta Tierra”.

Antes de emprender la ruta hacia su destino final (guiño al gran Carl Sagan, presentado como “un escritor de novelas científicas de principios del tercer milenio”) se detienen en Thalassa, un mundo colonizado siglos atrás con el que se ha perdido el contacto y que, por tanto, se cree deshabitado.

Sin embargo, en ese rincón perdido del Universo la semilla humana ha germinado. Después de mucho tiempo, hombres y mujeres de mundos distintos se reencuentran.

Chants de la Terre lointaine- 2009

Thalassa

Como su nombre indica (Thalassa es mar en griego), este es un mundo cubierto por un inmenso océano de agua dulce. Los thalassianos viven en un archipiélago formado por tres islas volcánicas que apenas ocupa el 0,02 % de la superficie del planeta.

Los thalassianos han nacido en otro mundo libres de los lastres ideológicos y morales de la Tierra. No creen en dioses y han construido una sociedad casi utópica. Los terrícolas de la Magallanes arrastran el trauma de la destrucción de su hogar y la pesada carga de su antigua civilización; por contra, los thalassianos son más ingenuos y desinhibidos. ¿Más felices tal vez?

Tecnológicamente los visitantes son superiores, aunque no por ello más inteligentes que los anfitriones. De hecho, unos y otros cooperan para que la nave pueda reconstruir su escudo de hielo (si hay algo que sobra en Thalassa es el agua) y de este modo continuar su viaje.

oldfield-distant-earth
Portada del disco “The Songs of Distant Earth” de Mike Oldfield del año 1989, inspirado en la novel ahomónima.

Clarke expone su idea de perfecta utopía científica en este planeta de agua: en la Tierra las religiones siguieron aportando división y enfrentamiento entre los hombres hasta que la ciencia desterró definitivamente la idea de un ser divino. Fue entonces cuando fueron posibles los grandes progresos que, a la postre, procuraron la salvación de la Humanidad. Los thalassianos se han ahorrado todo ese largo y sangriento camino.

“La Atlántida de Platón nunca existió en realidad. Por esta misma razón, nunca podrá morir. Siempre será un ideal, un sueño de perfección , una meta que inspirará a los hombres en la posteridad.”

Otra idea interesante que se dibuja en Songs of the Distant Earth es la de la existencia de una incipiente especie inteligente en el fondo del gran océano thalassiano. Un tema, el de los escorpios, que apenas se insinúa pero que no es abordado en profundidad.

Nostalgia

Entre las críticas más frecuentes que se hacen a Arthur C. Clarke destaca la de que sus personajes están poco trabajados y no “enganchan” al lector. Hay que reconocer que eso es cierto y que Cánticos de la lejana Tierra no es una excepción: ni los terrestres ni los thalasianos son especialmente memorables.

Songs-of-Distant-Earth-Arthur-C-Clarke

Sin embargo, para el autor sólo son instrumentos a través de los cuales transmitir una serie de ideas. Una de ellas es la imposibilidad de entender la magnitud del Universo y la improbable existencia de una moral universal o algo parecido:

“El problema del Mal nunca existió realmente. Esperar que el universo sea benevolente fue como imaginar que uno siempre podría ganar en un juego de pura casualidad”.

La principal, aunque esta novela tiene muchas lecturas, es en mi opinión la de enfrentarse a la realidad de que un día, antes o después, la Tierra dejará de existir y la Humanidad huérfana deberá buscar un nuevo hogar.

Eso sí, no será porque el Sol vaya a estallar dentro de 1.500 años. El “problema de los neutrinos solares” al que se agarra Clarke al inicio de la novela para su hipótesis del fin del mundo ya fue resuelto en el año 2002. Podemos respirar tranquilos, de momento.

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