LA LEONA BLANCA, Henning Mankell

En los tres primeros títulos de la Serie Wallander, del escritor sueco Henning Mankell, se nota una clara progresión. Cada nueva novela es mejor y más compleja que la anterior. Por eso yo recomendaría leerlas por orden. Así se pueden apreciar en su justa medida las virtudes de La leona blanca (1993).

A Mankell le tocó vivir una interesante época de cambios cuando estaba desarrollando a su personaje estrella, Kurt Wallander. Y supo sacar provecho de ella. Así, si en Los perros de Riga visitó el escenario post-soviético de Estonia, en esta novela se atrevió a escribir sobre los últimos estertores del régimen del Apartheid en Sudáfrica.

La desaparición de una mujer, cuyo cadáver es hallado poco después en un pozo, desconcierta a la policía de Ystad. Nadie, ni siquiera el mismísimo Wallander, puede sospechar que ese asesinato absurdo tiene vínculos con un lugar tan lejano como Sudáfrica. Allí se está gestando un complot para cometer un magnicidio con el que se pretende arrojar al país a una guerra civil.

Dos historias en paralelo

Resulta curioso comprobar cómo la novela se divide en dos relatos paralelos. Uno transcurre en Suecia, el otro en Sudáfrica. Ambos están relacionados, pero los vínculos no van más allá de las breves conversaciones telefónicas entre Jan Kleyn, el poderoso boer blanco y racista que está detrás del maauiavélico paln, y Konovalenko, su colaborador en la vieja Europa. Un malvado villano ruso de manual.

A la izquierda, portada de la novela en sueco y a la derecha su autor, Henning Mankell

La parte sueca tiene un buen ritmo narrativo y cuenta con grandes dosis de acción. En cambio, lo que pasa en tierras sudafricanas va a un ritmo más lento. Mankell, muy interesado en los avatares políticos de ese país (llegó a vivir largas temporadas en él), se explaya en descripciones de su situación política y social. A veces da la impresión de que la novela es un mero pretexto para poder hablar de estos temas. Y eso se nota porque algunas veces el encaje entre la realidad y la ficción se ve algo forzado.

En cuanto a los personajes, Kurt Wallander se nos muestra de nuevo en toda su humanidad, con sus virtudes y sus debilidades. Parece llevar a cuestas una resignada derrota, un fracaso vital que proyecta hacia el resto del mundo.

“¿Qué está ocurriendo en nuestro país?, se preguntaba Wallander. ¿A dónde han ido a parar los ladrones y estafadores de toda la vida? ¿De dónde procede toda esa violencia irracional?”

En todo caso, nuestro atormentado policía es capaz de darlo todo en su trabajo a pesar de su progresivo deterioro físico y anímico. Su duelo con Konovalenko es uno de los puntos fuertes de esta aventura.

Por último, unas palabras sobre el título de la novela. Una metáfora de África y de lo que el hombre blanco siente al enfrentarse a ella, cuya explicación llega casi al final. Un animal quieto y sereno, pero que en cualquier momento puede levantarse y atacar. “El depredador al que no se puede herir, sino tan sólo matar cuando nos ataca”.

En suma, La leona blanca es una buena novela, bien estructurada y narrada de una manera eficaz y ordenada. Un título que, reflexiones políticas aparte, eleva el nivel literario de la saga.

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