EL HOMBRE SONRIENTE, Henning Mankell

Hace menos de dos meses falleció mi padre. No era un gran lector, aunque sí un declarado fan de Henning Mankell y de la serie del inspector Kurt Wallander. De aquellas veces en las que hablábamos de esto, recuerdo que llegó a mencionar uno de los títulos que más le había hecho disfrutar fue El hombre sonriente (1994).

Aunque mi padre siempre se quejaba de que Wallander era un tipo depresivo y tristón (diametralmente opuesto a su carácter), al mismo tiempo admiraba su capacidad para resurgir de sus cenizas. Y desde luego, esta novela es el perfecto ejemplo de esto.

Este, que es el cuarto título de la saga, se inicia con un Wallander totalmente destruido, tanto física como emocionalmente, después de los sucesos contados en La leona blanca. Un viejo conocido, hijo de un abogado de Ystad, acude en su rescate: su padre ha sido hallado muerto y a pesar de que el informe policial dicta que ha sido un accidente, él sospecha que ha sido asesinado. ¿Hay razones para pensar así? Las dudas se disipan cuando el propio hijo muere tiroteado en su propio despacho.

La novela bien podría haberse titulado «El regreso de Wallander», pero el autor decidió optar por «El hombre sonriente», en alusión al oscuro multimillonario Alfred Harderberg, que parece estar detrás de estos y otros muchos crímenes. Este aparece siempre con la piel bronceada y luciendo una gran sonrisa que a Wallander se le antoja casi un insulto, sabiendo qué clase de monstruo se esconde tras ella.

«Paciencia, habría dicho Rydberg. Cuando las piedras empiezan a rodar por una pendiente, es importante no empezar a correr tras ellas de inmediato. Quédate donde estás para mirarlas rodar y ver dónde se detienen»

Mankell sigue explotando la imagen de Wallander como un ser humano derrotado por la vida, pero al mismo tiempo un investigador brillante. Son constantes las alusiones a los cambios que el mundo experimenta y a los que nuestro inspector parece incapaz de adaptarse. En esta novela entran en juego las nuevas generaciones de policía, encarnadas por Ann-Britt Höglund, y proyecciones acerca de cómo será el trabajo policial en el futuro. Un futuro del que Wallander no quiere saber nada.

En mi opinión, cada novela de la serie Wallander es mejor que la anterior. En esta hallamos nuevos personajes secundarios y tramas más elaboradas. Pero sobre todo, se ahonda todavía más en la personalidad del protagonista, cuya figura se agiganta en cada nueva entrega.

Mankell en su estudio

Tras la muerte de Henning Mankell en 2015, apareció una autobiografía póstuma del autor llamada «Arenas movedizas». Precisamente esa idea se menciona en un pasaje de esta novela:

“Vamos por la vida con un pie en un jardín de rosas y el otro en arenas movedizas, pensó Kurt».

En «Arenas movedizas» se recogen algunos testimonios de su vida y, en particular, la lucha de sus últimos años contra el cáncer que acabaría con él. Estuve a punto de regalárselo a mi padre para su cumpleaños, pero finalmente deseché la idea.

Creo que hice bien. No porque fuera también un cáncer, tan inesperado como fulminante, el que se llevó a mi padre al otro mundo el pasado mes de enero, sino por otro motivo: a mi padre en realidad no le interesaba lo más mínimo la vida de Mankell, sino la de su creación literaria, Kurt Wallander. Un personaje que le fascinaba por muchas razones, lo mismo que ha fascinando a tantos lectores en todo el mundo.

A él (a mi padre) dedico esta humilde reseña.

10 comentarios en “EL HOMBRE SONRIENTE, Henning Mankell

  1. Mi más sincero pésame.
    Gracias por compartir este hermoso detalle sobre tu padre y su gusto por las novelas de Wallander.
    Un fuerte abrazo amigo Daniel!

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