LA TIERRA PERMANECE, George R. Stewart

CapturaEn la época en la que todos los argumentos de la ciencia ficción en la literatura y en el cine giraban en torno a la energía atómica (ya fuera como fuente de maravillosas posibilidades o bien como fuerza destructora que acabaría con la Humanidad), George R. Stewart escribió La Tierra Permanece (1949), en la que no es una guerra nuclear lo que destruye la civilización y amenaza con extinguir nuestra especie, sino un virus letal.

Se trata, al fin y al cabo, de otra forma de visualizar el fin del mundo y, al mismo tiempo, imaginar cómo sería el nuevo inicio. Earth abides (ese es el título original en inglés) es una novela impresionante que, salvo por pequeños detalles, parece como si hubiera sido escrita hace sólo un par de años.

Por otro lado, este relato demuestra una vez más que la ciencia ficción también puede ser considerada literatura con mayúsculas, capaz de despertar en el lector las más profundas reflexiones y emociones.

Un planeta en ruinas

Curiosamente, las primeras páginas de La Tierra permanece no me parecieron especialmente prometedoras. Ish, el protagonista, consigue burlar al virus mortal gracias a la mordedura de una serpiente de cascabel, cuyo veneno actúa como afortunado antídoto. Después de una terrorífica noche de fiebre, el protagonista visita los pueblos de los alrededores para descubrir un pavoroso escenario lleno de cadáveres donde reina un ominoso silencio.

Tras la estupefacción inicial, Ish comprende y acepta la nueva situación:

 “El hombre se ha vuelto más y más estúpido a lo largo de miles de años. Yo no derramaré una sola lágrima por su muerte.”

Incluso parece satisfecho con estas nuevas circunstancias…

“Amo esta soledad, lejos de los problemas de la vida en común”.

Un tipo introvertido, poco participativo, aburrido en opinión de muchos y con escasas habilidades sociales… Todos estos defectos se convierten de repente en virtudes. Su debilidad se ha convertido en su fuerza.

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Resuelto a sobrevivir, Ish se lanza a recorrer el país de costa a costa y constata que el desastre es absoluto. Apenas encuentra seres humanos a su paso, muchos de ellos incapaces de valerse por sí mismos. Durante la primera parte la narración es bastante monótona (en La Tierra permanece la acción no es precisamente trepidante) pero hay que tener paciencia, pues todo esto nos acaba conduciendo hacia la parte más interesante.

Ish conocerá a otra superviviente, Em, y ambos se convertirán en el núcleo de un pequeño grupo de humanos que empezará a organizarse en una incipiente comunidad, los últimos habitantes de un mundo en ruinas.

El objetivo inicial no es otro que “ir tirando”, sin más ambiciones. Pero nacen nuevos niños, los cuales lógicamente no tienen recuerdos del “mundo anterior”, ni siquiera pueden llegar a imaginar lo que éste era. Entre ellos está Joey, el hijo de Ish y Em, un niño que deslumbra a todos con su inteligencia y su equilibrio. En él pondrán todas las esperanzas para reconstruir la sociedad.

Como siempre digo, no puedo contar nada más sin destripar la historia.

El mundo sin nosotros

A lo largo de la narración se intercalan textos que nos explican cómo la vida vegetal y animal reacciona (o reaccionaría) ante el desastre: las ciudades son engullidas por la espesura, muchas especies de animales domésticos desaparecen, incapaces de seguir adelante sin el hombre, mientras que otras prosperan. Liberada del yugo impuesto por el hombre, la naturaleza recupera su trono.

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Esto nos remite a un libro escrito nada menos que casi sesenta años después: The World without us (2007), de Alan Weisman, el cual que yo sepa aún no se ha traducido al español. Este es un ensayo científico, no una novela de ficción, aunque sus conclusiones son bastante similares a las que esboza Stewart en La Tierra permanece.

Sin la civilización, el ser humano es frágil y vulnerable: no sabe crear nada, sólo rapiñar los almacenes pata conseguir alimentos, medicinas y herramientas. Usa armas de fuego para cazar y defenderse, pero no sabe fabricarlas. Las enfermedades, antes controladas, ahora se llevan por delante las vidas de los niños. Los puentes y las otras construcciones siguen en pie, pero el paso inexorable de los siglos también acabará con ellos.

“Los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece”

Si hubiera que señalar algo negativo de este magnífico libro, sería la ingenuidad del autor. Y es que los humanos somos unos bichos muy extraños, capaces de alcanzar las máximas cotas de altruismo, es cierto, pero también de comportarnos como fieras despiadadas, sobre todo cuando el orden y la ley desaparecen), pero Stewart prefiere ignorar esto último. En este sentido parece por desgracia más realista la visión de Cormac McCarthy en La Carretera (2006), donde gran parte los supervivientes roban, violan, matan e incluso se comen a sus congéneres sin ningún reparo. ¡Es la supervivencia, sálvese quien pueda! 

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