BOBBY FISCHER SE FUE A LA GUERRA, David Edmonds y John Eidinow

Solamente una vez en la historia el ajedrez fue capaz de eclipsar a todos los otros deportes y concitar el interés del mundo entero. Fue en el verano de 1972, cuando se disputó la final del campeonato mundial en Reikiavik, Islandia. Todo lo que significó aquel inolvidable match se recoge en este libro: Bobby Fischer se fue a la guerra (2003).

Se suele enmarcar este memorable duelo como un episodio más de la Guerra Fría. Por primera vez desde la II Guerra Mundial estaba en peligro la hegemonía de la URSS en el ajedrez. Toda una revolución.

Hasta el último momento peligró la celebración de la final (el propio Fischer estuvo ausente en la ceremonia de inauguración), que solamente fue posible gracias a los esfuerzos de muchos mediadores. Pero al final sí se pudo celebrar el match, que a la postre se convertiría el momento más estelar en la larga historia del ajedrez.

Apertura

Boris Spassky, el campeón, es retratado como un ciudadano soviético poco comprometido, demasiado independiente. Fue él quien impuso sus propias condiciones a su federación (su gobierno al fin y al cabo) para la preparación del match. Todo le fue concedido a regañadientes y por ese motivo acabaría pagando cara su derrota final.

Fischer-Spassky, protagonistas del «match del siglo».

Bobby Fischer también recibió presiones para ganar esta batalla a los rusos, pero su carácter impredecible e impetuoso hacía inútil cualquier tentativa de dirigir sus acciones. De hecho, muchos americanos aborrecían al genio por sus excentricidades y sus continuas exigencias.

El perfil psicológico de Fischer es digno de análisis. Más allá de su magistral dominio del ajedrez, hay fragmentos del libro en los que despierta ternura y lástima, parece un niño perdido que busca afecto y protección. Pero la mayoría de las veces su comportamiento es el de un tirano caprichoso, histriónico, egoísta, paranoico y maleducado. Un sujeto detestable que, sin embargo, logró despertar las simpatías de buena parte del público en todo el mundo. Sus genialidades sobre el tablero causaban admiración, mientras que su desbordante pasión por el noble juego era sencillamente contagiosa.

Lo que sí tenían en común los dos rivales era su pasión por el ajedrez, un deporte que había supuesto una tabla de salvación para ambos durante su niñez, algo a lo que agarrarse para sobrevivir. En el caso del ruso, una infancia de tintes dickensianos en un Leningrado devastado por la guerra; en el del estadounidense, el caos de una familia de Chicago completamente desestructurada.

Medio juego

Incluso conociendo el desenlace del llamado «match del siglo», es fascinante sumergirse en los detalles del mismo, las suspicacias de unos y otros, las continuas demandas y reclamaciones (sobre todo por parte de Fischer) y sobre todo la paciencia infinita de los anfitriones y organizadores del encuentro y del sufrido árbitro, el alemán Lothar Schmid.

La crónica de la final está contada de modo que cualquier lector puede entenderla sin necesidad de tener grandes conocimientos sobre el juego. En realidad, más allá de lo que sucedió en el tablero aquella fue una lucha psicológica devastadora para Spassky. El ruso se anotó la victoria en las dos primeras partidas (en la primera por un error de principiante por parte de Fischer, en la segunda por incomparecencia del rival), pero después todo cambió de signo.

«Cuando juegas contra Bobby, no se trata de ganar o perder. Se trata de sobrevivir» (Boris Spassky)

Para Spassky, cada nueva partida era una tortura, mientras que el norteamericano, enfrascado en su espiral de locura genial, parecía disfrutar de aquella lucha titánica. A su peculiar manera, claro. El aspirante al título, ya en ese momento toda una estrella mediática, amenazó con no jugar en incontables ocasiones si los organizadores no cedían a sus absurdas exigencias acerca de la presencia de cámaras, del ruido del público, del tamaño de las casillas del tablero… Y la organización casi siempre cedía a esos chantajes, lo cual irritaba lógicamente a los soviéticos.

Tras la partida número 21, y con una clara desventaja ya irrecuperable, Spassky arrojó la toalla. Sabía bien lo que le esperaba, pero el jugador se hallaba al límite de sus fuerzas. Los soviéticos, después de insinuar que el bando americano no había jugado limpio (se habló de cosas tan delirantes como de espionaje en las habitaciones del equipo y métodos telepáticos para desgastar al campeón), parecieron aceptar la derrota y aplicar las preceptivas represalias hacia su propio jugador. Cosas del comunismo.

Por su parte, en el bando ganador todos parecían disfrutar de la victoria, no sin cierto alivio. Curiosamente, fue Fischer quien se mostraría más frío. Con su habitual falta de modales acudió a recoger el premio más interesado en el cheque que en otra cosa. Ni se molestó en dar las gracias a la organización, ni dedicar unas palabras elegantes a sus colaboradores o a su rival.

El match había concluido y el ganador, el jugador de ajedrez más famoso del momento y probablemente de la historia, no volvería a competir en un torneo oficial nunca más.

Final

El libro fue escrito cinco años antes de la muerte de Fischer, pero ya recoge el descenso a los infiernos del genio: su paso por una sospechosa secta cristiana en Pasadena, su grotesca «reaparición» ante Spassky en Belgrado (que suscitó una orden de busca y captura por parte del gobierno estadounidense), sus exabruptos contra los judíos y su detención en el aeropuerto de Narita que dio con sus huesos en la cárcel.

El reencuentro entre Fischer y Spassky en Belgrado en 1992

Los últimos días de Bobby Fischer transcurren en el escenario principal del libro: Islandia. El gobierno de la isla ártica se compadeció del lamentable epílogo vital del que sigue siendo para muchos el mejor jugador de la historia. En cierto modo, este pequeño país le debía mucho al campeón de 1972. La deuda quedó saldada con la concesión de la ciudadanía islandesa, lo cual aseguró un final tranquilo para su agitada existencia.

Mi opinión sobre Bobby Fischer se fue a la guerra no puede ser más positiva: un relato contado con todo lujo de detalles que me ha hecho disfrutar mucho, tanto como humilde practicante del juego del ajedrez como aficionado a la historia. Cinco estrellas.

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